Platonisme i filosofia de la ciència

Octubre 21, 2015

A mí, como supongo que a ustedes, se les contó una historia de los pensadores griegos más o menos como esta. A los griegos lo que les iba era la observación pura, la contemplación. Desde esta perspectiva, se dedicaron, principalmente, a teorizar, a crear grandes y hermosas teorías, como la de las ideas platónicas o el hilemorfismo aristotélico. Es verdad, con todo (dicen), que también hubo griegos dedicados a la técnica. Constituyen esas rarezas entre las que se mueven los especialistas de la llamada “historia de la ciencia y la técnica”. Unas curiosidades, por cierto, impuras, porque impuro era el contacto con la materia y, particularmente, la materia viva muerta.

Decir así las cosas favorece, y mucho, una dicotomía que difícilmente podría sostenerse en caso contrario. Como entre los griegos, se asevera hoy que hay científicos puros que no ensucian sus manos en tareas de aplicación. La ciencia es un conjunto de teorías. En cuanto tal, es independiente de sus aplicaciones. Hay ciencia sin aplicaciones. El que haya ciencia que las tenga resulta algo interesante e importante para la humanidad, pero totalmente irrelevante para la empresa científica misma. Primero es la ciencia, luego, sus aplicaciones. Si no las tiene, no importa. Podría tenerlas en el futuro. Y, si no, da igual. Como actividad cognoscitiva, la ciencia tiene un motor interno, que es suficiente para mantenerla en movimiento. Tiene un valor intrínseco que basta para cultivarla. Sirve para comprender el mundo. Incluso el que la ciencia tenga aplicaciones puede resultar, frecuentemente, cosa de meigas. Es este el credo común del científico típico de hoy.

Los filósofos de la ciencia, llamados «estructuralistas» -muy activos en Munich hacia fines de los setenta- consideraron que la estructura de toda teoría era una estructura matemática. Dicho más rigurosamente, pensaron que las teorías científicas son descripciones lingüísticas de estructuras matemáticas. Esas estructuras matemáticas son susceptibles de interpretaciones múltiples y muy diferentes. Algunas pueden ser del tipo usualmente denominado físico; otras pueden ser biológicas; otras, sociológicas… Es decir, la estructura matemática de una teoría puede tener ámbitos de aplicación o interpretación muy diversos. Todas estas interpretaciones, por muy distintas que sean entre sí, comparten una serie de rasgos formales: los que las hacen, precisamente, ser interpretaciones de una misma estructura teórica. Desde este punto de vista, las estructuras teóricas pueden compararse, sin graves riesgos, a formas platónicas (habitantes del reino de las ideas puras, que pueden realizarse de modos diversos mediante interpretaciones diferentes). Algunas de estas últimas pueden tener que ver con el mundo. De modo que las teorías, estructuralmente hablando, no tienen por qué preocuparse del mundo. Del mundo se preocupan (a parcelas suyas pueden referirse) interpretaciones particulares de esas estructuras teóricas. Las teorías, estructuralmente hablando, no son de este mundo -sino del mundo de las ideas- y no se refieren a este mundo. Al mundo se refieren algunas de sus interpretaciones. Si no hubiera ninguna interpretación tal no pasaría nada, absolutamente nada.

Se piensa, en suma, corrientemente, que la ciencia es, ante todo, un conjunto de teorías. Y esas teorías, aunque no se mantengan posiciones tan extremas de desconexión entre teoría y mundo como la preconizada por los estructuralistas muniqueses (de origen o de adopción), se consideran como algo muy distinto de su uso técnico. Y esta concepción no carece, ciertamente, de consecuencias de tipo ético y social: los científicos quedan al margen de las responsabilidades que pueda conllevar el uso de productos de sus teorías, uso hecho -se dice- por los técnicos. Con un ejemplo, Rutherford o Einstein -dos de los grandes en la historia de la energía nuclear- no tienen ninguna responsabilidad sobre lo acontecido en Hiroshima y Nagasaki. La tienen los técnicos que construyeron las bombas que hicieron explosión sobre esas ciudades.

(José Sanmartín, Los nuevos redentores, Ed. Anthropos, Barcelona, 1987, pàgs. 25-26)

 

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