Searle: sobre els problemes filosòfics i el futur de la filosofia

Novembre 18, 2012

Dado que este artículo está pensado para una audiencia predominantemente científica, comenzaré explicando algunas de las similitudes y diferencias entre la ciencia y la filosofía.  No hay una división precisa entre una y otra. Ambas son, en principio, universales en lo referente a su temática y buscan la verdad. Aunque no haya una clara línea divisoria hay importantes diferencias de método, estilo y presuposiciones. Los problemas filosóficos suelen poseer tres características relacionadas que los problemas científicos no poseen. En primer lugar, la filosofía se ocupa en gran parte de cuestiones para las que aún no se ha encontrado una forma satisfactoria y sistemática de resolverlas. En segundo lugar, las cuestiones filosóficas suelen componerse de lo que llamaré preguntas referidas a “marcos conceptuales”; es decir, se ocupan de grandes marcos de fenómenos en vez de preguntas específicas e individuales. Y en tercer lugar, las cuestiones filosóficas se refieren típicamente a problemas conceptuales; habitualmente son cuestiones acerca de nuestros conceptos y la relación entre nuestros conceptos y el mundo que representan.

Estas diferencias se aclararán si consideramos ejemplos concretos: La pregunta “¿Cuál es la causa del cáncer?” es una pregunta científica, no filosófica. La pregunta “¿Cuál es la naturaleza de la causalidad?” es una pregunta filosófica, no científica. De manera similar, la pregunta “¿Cuántos neurotransmisores existen?” es una pregunta científica y no una filosófica; pero la pregunta “¿Cuál es la relación entre la mente y el cuerpo?” es aún en gran medida, una pregunta filosófica. En cualquier caso, las preguntas filosóficas no son decidibles mediante la mera aplicación de métodos experimentales o matemáticos. Tratan acerca de grandes marcos conceptuales e involucran cuestiones conceptuales. Los grandes avances científicos contribuyen algunas veces tanto a la ciencia como a la filosofía, puesto que involucran cambios en los marcos conceptuales y la revisión de los conceptos. La teoría de la relatividad de Einstein es un ejemplo evidente del siglo XX.

Dado que la filosofía se ocupa de preguntas referidas a marcos conceptuales y de preguntas que aún no sabemos cómo responder sistemáticamente, ella muestra una tendencia a mantenerse en una peculiar relación con las ciencias naturales. Tan pronto como encontramos la forma de resolver una pregunta filosófica y formularla de tal modo que podemos encontrar una forma de responderla, deja de ser una pregunta filosófica para volverse una pregunta científica. Algo de este estilo sucedió con el problema de la vida. En algún momento, la cuestión de cómo la materia “inerte” podía volverse “viva” se consideraba un problema filosófico. Al llegar a comprender los mecanismos biológicos moleculares de la vida, cesó de ser una pregunta filosófica y pasó a ser una cuestión de hechos establecidos científicamente. Es difícil para nosotros hoy en día comprender la intensidad con la cuál se debatía este problema. Lo esencial no es que los mecanicistas ganaron y los vitalistas perdieron, sino que logramos un concepto mucho más rico de los mecanismos biológicos de la vida y la herencia.  Espero que una cosa similar suceda con el problema de la consciencia y de su relación con los procesos cerebrales. Esta cuestión es considerada aún hoy por mucha gente como un problema filosófico. Por el contrario, creo que dados los recientes progresos en neurobiología y la crítica filosófica de las categorías tradicionales de lo mental y lo físico, nos estamos acercando a lograr una forma sistemática y científica de responder a esta cuestión. En tal caso cesará de ser un problema filosófico y pasará a ser uno científico, como sucedió con el problema de la vida.  Estas características de los problemas filosóficos, es decir, que tienden a ser cuestión de marcos conceptuales y a ser irresolubles mediante la investigación empírica sistemática, explican por qué la ciencia siempre está en “lo correcto” y la filosofía siempre está “equivocada”.  Tan pronto como logramos una forma sistemática de responder a una pregunta y conseguimos una respuesta que todos los investigadores competentes en ese área acuerdan que es la respuesta correcta, dejamos de considerarla una pregunta filosófica para considerarla científica.  Estas diferencias no significan que en la filosofía todo vale ni que uno puede decir cualquier cosa y hacer cualquier especulación que se le ocurra.  Por el contrario, dado que carecemos de un método empírico, matemático establecido para investigar los problemas filosóficos, debemos ser todo lo rigurosos y precisos que nos sea posible en nuestros análisis filosóficos.

Pareciera por lo que he dicho, que a la larga la filosofía dejará de existir como una disciplina cuando logremos una forma sistemática y científica de responder todas las preguntas filosóficas.  Éste ha sido el sueño de los filósofos creo yo, desde la época de los antiguos griegos, pero en realidad no hemos tenido tanto éxito en deshacernos de la filosofía resolviendo todos sus problemas. Hace una generación se creía de modo generalizado que habíamos descubierto finalmente métodos sistemáticos para resolver cuestiones filosóficas, mediante los esfuerzos de Wittgenstein, Austin y otros “filósofos lingüísticos”, y les parecía a algunos filósofos que quizá podríamos resolver todas las preguntas dentro de unas pocas generaciones. Austin, por ejemplo, creía que había unas mil cuestiones filosóficas sin resolver y que, mediante una investigación sistemática, podríamos resolver todas ellas. No creo que nadie crea eso hoy en día. Solamente una pequeña cantidad de problemas filosóficos, heredados de los siglos precedentes y que se remontan a los filósofos griegos, han sido susceptibles a recibir soluciones científicas, matemáticas y lingüísticas. La pregunta de la naturaleza de la vida, en mi opinión ha sido finalmente resuelta y no es más una pregunta filosófica.  Espero que algo así suceda en el siglo XXI con el llamado problema mente-cuerpo. Una gran cantidad de otras preguntas que hemos heredado de los antiguos griegos, tales como “¿Cuál es la esencia de la justicia?”, “¿Cómo es una buena sociedad?”, “¿Cuál es el fin correcto de la vida humana?”, “¿Cuál es la esencia del lenguaje y del significado?”, “¿Cuál es la esencia de la verdad?” son todavía, sin embargo, preguntas de tipo filosófico.  Estimo que un noventa por ciento de los problemas filosóficos legados por los griegos persisten aún, ya que no hemos encontrado una forma científica, lingüística o matemática de resolverlos. Nuevos problemas filosóficos aparecen asimismo constantemente y nuevas áreas de la filosofía se desarrollan. Los griegos no podrían jamás haber tenido el tipo de problemas filosóficos que nosotros poseemos al tratar de realizar una interpretación filosófica correcta de los resultados de la mecánica cuántica, del teorema de Gödel o de las paradojas de la teoría conjuntista. Tampoco poseían ellos, a diferencia nuestra, tales temáticas como la filosofía del lenguaje o la filosofía de la mente como hoy en día se las comprende. Parecer ser que incluso cuando acabe el siglo XXI quedará una gran cantidad de problemas filosóficos por resolver.

Fragment extret de John R. Searle: “El futuro de la filosofía”, en Eikasia. Revista de Filosofía, año V, 32 (mayo 2010). http://www.revistadefilosofia.com. Traducció de Juan Ignacio Guarino. L’article original en anglès pot ser consultat en la pàgina de l’autor en http://socrates.berkeley.edu/~jsearle/articles.html

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